viernes, 22 de mayo de 2015

El centro de nuestra ingravidez

Foto: Diario El Heraldo.

Todo país o nación necesita un centro de donde emane o gravite el ordenamiento político, territorial, espiritual, identitario. La población tiende, de manera natural, a ubicar en él su centro geofísico como en cada ciudad la orientación ciudadana se da en perspectiva de su centro histórico o su centro de gobierno.

Siguiendo el hilo de los estudios del alemán Otto Friedrich Bollnow y sus relaciones espaciales cito lo siguiente, de su ensayo El hombre y su casa:

"La cuestión sobre el punto central de las coordenadas se ha de determinar, por eso, a base de la sociedad y no sólo del hombre. Se repite así, en plano superior, lo que hemos desarrollado hasta ahora sobre el individuo aislado. Hasta las casas de una población se ordenan alrededor de un punto central… El hombre no puede vivir únicamente en el mundo exterior con sus puntos de orientación, regiones, calles y caminos. Perdería su apoyo si no tuviera un sólido punto de referencia hacia el cual estén dirigidos todos sus caminos, punto del cual salen éstos y al cual regresan. El hombre precisa tal centro por el cual se arraiga en el espacio y al cual van referidas todas sus relaciones espaciales. ”

De todos es conocido que los grandes imperios antiguos reglaron su mundo auto afirmándose como "el centro del mundo". Los chinos, los persas, los romanos, los aztecas, los incas, los mayas todos identificaron su propio ombligo como el punto desde donde el poder político dictaba leyes y costumbres (ningún otro símbolo mayor que las grandes plazas mayores, estadios o coliseos: enormes ombligos), pero de igual forma, los países actuales tienen su corazón definido, su centro de pulsión geofísica que le da equilibrio a todo su territorio.

En Honduras, este centro desde donde se alcanza a proyectar o ser punto de fuga territorial y, por ende, punto de partida de nuestra interpretación política, se puede identificar en la posición geofísica de la ciudad de Siguatepeque, no sólo centro de Honduras sino también de todo el continente americano. Sin embargo, fue hacia el valle de Comayagua, un poco más al sur, donde se desplazó este punto geofísico para convertirse en geopolítico: Palmerola. El centro de nuestra ubicación espacial viene a resultar entonces la imposición de la base estadounidense más grande de Latinoamérica, el lugar desde donde toda América queda más cercana. Centro de dominio e intervención. Centro para ubicar –ya sea en el mapa o en la realidad- a todo habitante que pasa en automóvil de norte a sur Honduras, centro inevitable en el paisaje a aún pasemos a la mayor velocidad posible. Todo converge en Palmerola.
Adonde vayamos, Palmerola extiende su presencia en disposición radial y  nos dará su mensaje y normativa esencial: el centro de todo lo que suceda en Honduras está aquí, así como cuando se forma el vórtice de un remolino, así como cuando no se ha invitado a la fiesta humilde al poderoso del pueblo y el poderoso ve con ojos inquietantes a la muchacha recién crecida.

El Anahuac pre-colombino, el Palacio del Emperador del Cielo, el Hellas griego, los Campos Elíseos franceses con una enorme yunta invisible en lugar de arco de triunfo –quizá de arco de la derrota- y sin embargo, con su misma presencia y voluntad imperial.


Todo centro tiene un peso enorme. ¿Qué pesa más en la ingrávida Honduras? El centro de apoyo de esta clase política que hace y deshace, que se va y regresa siempre al mismo punto de partida es sin duda alguna Palmerola.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece que el Estadio Nacional Tiburcio Carías Andino sería el candidato de Juan Pueblo...este que es tan sencillo, simbólico, y punto del accionar despótico del poco respeto que se le tiene a todo lo que el deporte representa, a varios niveles.

Fabricio Estrada dijo...

¡Y claro que Carías lo hizo en ese orden de cosas que hablamos! Instauró su centro para contener un pueblo nómada, arriero, y lo hizo elevando el deporte a categoría de dominio, como los Flavios.